martes, 4 de septiembre de 2012

EL SILENCIO DE LOS ADOLESCENTES

                    EL SILENCIO DE LOS ADOLESCENTES
  • Durante la adolescencia, el silencio puede ser un síntoma de que el joven está profundamente herido y hay que averiguar qué le hace daño.

"No nos habla". "Ya no puedo comunicarme con él". "Se encierra en su cuarto". Es habitual escuchar a los padres frases como estas. La llegada de la adolescencia cambia la atmósfera afectiva dentro de la familia. Uno de los cambios que primero muestran los jóvenes es la necesidad de intimidad. También se altera la forma de comunicarse.

Álvaro ha dejado de hablar a sus padres. Tiene 14 años y, en apariencia, le importa un bledo lo que le dicen. Sus calificaciones escolares son tan malas que va a tener que repetir curso. En realidad, nunca ha sido buen estudiante. Sus padres no saben qué hacer. Han decidido llevarle a un tratamiento. Álvaro está ausente en clase y no estudia. Solo escucha música, se pasa el día con los cascos puestos, dice que es lo único que quiere oír. Parece como si estuviera realmente en otra parte. Lo primero que dice en el tratamiento es que sus padres no le entienden. Al comenzar a hablar de su pasión por la música, va comprendiendo que desea sentirse más valorado, sobre todo por parte de su padre, que solo le habla de sus malas notas y se refiere a la música como una tontería. Su falta de confianza en sí mismo es muy grande. Sufre por ello y ha escogido 'huir', es decir, no hablar más de lo que le hace sufrir: sus fracasos. La mayoría de las discusiones familiares giran en torno a sus resultados escolares. 'Comunicar' no es algo que se pueda decretar sin más. Los obstáculos en la comunicación expresan las contradicciones que vive el joven y que generan tensiones con la familia. La principal contradicción es que siente el deseo de ser autónomo sin dejar de mantener los lazos con sus padres. Esta paradoja de necesitar a aquellos de cuya dependencia desea liberarse no puede ser directamente identificada por el adolescente pues se sitúa a un nivel inconsciente.

Palabras contra la angustia

El adolescente está cambiando, convirtiéndose en otro. Esta mutación pone en peligro el amor que siente por sus padres y el que ellos le profesan. Necesita ser escuchado y comprendido en profundidad, pero ¿cómo expresar lo que tiene que decir? Ni él mismo lo sabe. Su cuerpo, sexualidad, escolaridad o aficiones constituyen puntos de referencia que le hacen sentir que conserva aún un punto de unión con su entorno en un momento en que duda de la existencia de este lazo. El diálogo con sus padres le demuestra que puede seguir ocupando el mismo sitio. Necesita sentir que la confianza y la seguridad de que disfrutaba no se han roto y que el ambiente familiar se puede salvaguardar. Cuanto más flexible sea la comunicación, más fácil será establecer una relación. La búsqueda del equilibrio entre un torrente de palabras (que ocultaría lo esencial) y un silencio agobiante (que no tendría en cuenta al otro) es una tarea tanto del joven como de sus padres. Mantener un opresivo silencio o, a la inversa, una incesante comunicación, expresa angustia e incomprensión. De ahí esa queja tan común y desesperada: "¡No me comprendéis!". ¿Qué padre no ha escuchado alguna vez este reproche, pronunciado generalmente de forma violenta por parte del adolescente antes de desaparecer tras la puerta de su habitación? Con estas palabras hace ver su necesidad de afirmarse. Al romper el diálogo de esta manera, está manifestando su deseo de controlar la distancia que quiere poner con sus progenitores sin comprender la complicidad que le une a ellos.

Sin extremos

Hay que recuperar en otro momento esa conversación interrumpida. Lo que peor soporta el adolescente es la ausencia de discusión con sus padres. En esa necesidad de comunicación se puede pasar horas en un debate que se repite sobre un mismo tema: discusión filosófica, religiosa, política, musical, deportiva… Al tratar de continuar con ese diálogo imposible, el joven satisface dos necesidades contradictorias: la de provocar a sus padres y afirmar su diferencia; y la de mantener el lazo de unión con ellos. Lo más difícil para él es la posibilidad de diferenciarse sin sentirse rechazado. Cuando el padre o la madre quieren parecerse a él, convirtiéndose en camaradas, le ponen más difícil la posibilidad de diferenciarse. En el extremo opuesto estaría la severidad del "tiene que escucharme". Esta actitud conlleva cierta hostilidad y no permite el diálogo sino que conduce a renunciar y huir. Entre estos dos extremos, los padres tendrán que aceptar la idea del diálogo. Deberán mantenerlo aunque este rara vez será satisfactorio. No deberían renunciar a sus convicciones, partiendo de la base de que su hijo, en un determinado período de la adolescencia, no aceptará estas ideas aunque las necesita para definir mejor su propio pensamiento.

LAS PALABRAS, diálogo insight

Existen diferentes niveles de compresión y de calidad cuando se produce un diálogo. De hecho, se distinguen tres tipos de diálogo: informativo, interactivo e insight:
  • El diálogo informativo consiste en intercambiar informaciones, se trata de una comunicación neutra, que sería, por ejemplo, la de la educación en el sentido restrictivo de la enseñanza.
  • El diálogo interactivo tiene por finalidad intercambiar sentimientos, emociones, afectos. Se trata de un intercambio vivo que sería la forma ideal del diálogo educativo.
  • El diálogo de insight podría definirse como un diálogo informativo sobre uno interactivo, es decir, una conversación que posee la capacidad de captar los afectos y, al mismo tiempo, de informarse de ellos en el momento en que tiene lugar.
LAS CLAVES

En el tono del diálogo no conviene que dominen la camaradería, la severidad o la hostilidad. Los padres no son amigos ni jueces ni enemigos.
  • Hay que estar atentos a lo que se le dice y a la manera en que se le dice. No hay que dar consejos demasiado rápidamente ni ser críticos.
  • Podéis empezar haciendo observaciones concretas y cotidianas ("Parece que tienes un mal día"...); de este modo le invitáis a hablar.
  • En algunos casos, el problema no es de confianza, sino de tiempo. Si ese es vuestro caso, tenéis que buscar ciertos momentos de disponibilidad.

lunes, 3 de septiembre de 2012

LOS PADRES VACÍOS

Aquí os pongo un artículo muy interesante a la hora de educar a los hijos,espero que os guste.


Artículo de Josë Luis Cano Gil
                              Los padres vacíos

Los interesados en la psicología profunda conocemos bien la necesidad indispensable de unos padres sanos y amorosos para el desarrollo de unos hijos igualmente sanos y felices. Hay, sin embargo, un tipo de padres sanos y amorosos que también pueden producir graves neurosis en sus hijos, lo que, en principio, parece desconcertante. Pero, si describimos con detalle a este tipo de progenitores, que llamaremos padres vacíos, comprenderemos fácilmente la paradoja.
Los padres vacíos no sufren necesariamente ningún problema neurótico serio, aman y se preocupan activamente por sus hijos, les ofrecen todo lo mejor a su alcance -cuidados excelentes, la mejor comida, ropa, estudios, caprichos, consejos, viajes, dinero, etc.-, y se angustian ante la menor dificultad de sus retoños. Afirman con legítimo orgullo que sus hijos son "muy deseados" y que "quieren lo mejor para ellos", por lo que toda su vida se entregan a todo tipo de esfuerzos y sacrificios "por el bien" de aquéllos... Confían plenamente en los frutos futuros de su abnegación, incluso esperan cierta gratitud por ella, y aguardan los resultados...
Pero, a menudo, algo falla incomprensiblemente. De repente, estos niños "privilegiados", a veces desde sus primeros años, se sienten extrañamente agitados, ansiosos, agresivos, depresivos, temerosos, desmotivados, dependientes, inmaduros, sin autoestima, incapaces, llegada la juventud, de afrontar con éxito la vida. No logran experimentar amor o gratitud -salvo superficialmente- hacia sus sacrificados padres, que se sienten perplejos y angustiados ante la inesperada situación. Muchos acusarán a sus hijos de "mimados", "egoístas" o "ingratos", o creerán que sufren una "enfermedad mental". La explicación, sin embargo, es muy distinta, y también muy simple: estos niños son "raros" porque su corazón está helado, anémico de ternura, carcomido por el desamor. ¿Cómo es esto posible?
Los padres vacíos aman, en efecto, a sus hijos sincera y bienintencionadamente, pero únicamente a través de actos físicos (conductas, cuidados, bienes materiales), y casi nunca psicoafectivos. Careciendo de "inteligencia emocional" -tan de moda hoy-, aman sólo a través de representaciones del afecto (comportamientos protectores) pero no del afecto mismo (empatía, intimidad, cariño, caricias, tiempo y juego compartido, etc.). Su amor es, así, exclusivamente práctico, plano, frío, parcial, emocionalmente vacío. Suelen ser padres abrumados desde niños por duras condiciones psicosociales y económicas (posguerra, pobreza, emigración, penalidades laborales, enfermedades, estilos de vida autofrustrantes, etc.) que, para sobrevivir, tuvieron que aprender a reprimir drásticamente sus sentimientos, centrarse en las conductas "adecuadas" y convertirse en secos autómatas, sin tiempo para los afectos. Los padres vacíos no son principalmente neuróticos (aunque también pueden serlo), sino víctimas sociales, trabajadores anónimos, piezas numeradas de la rígida maquinaria social. Por eso temen y evitan los sentimientos y, en realidad, todo aquello ajeno al duro caparazón que los protege. 
El resultado es que sus hijos se sienten cuidados -como alumnos de una escuela-, pero aislados y desvalidosemocionalmente. Sus corazones no logran acumular calor, cariño, vinculación, confianza, seguridad, autoestima; de hecho, ni siquiera ven a sus padres la mayor parte del día, pues éstos siempre están ocupados o trabajando "por su bien". Ante semejante esfuerzo parental, ¿qué niño se atreverá expresar su protesta, su dolor, su rabia? Sus sentimientos no sólo desconcertarán y aterrorizarán a sus padres (que están castrados), sino que él mismo se sentirá insoportablemente injusto y culpable por criticar a unos padres tan heroicos. De este modo, callará, aguantará, tragará, se resignará... e incluso se esforzará por ser un "buen chico/a". Hasta que el dolor secreto llega a ser tan grande que se transforma en síntomas neuróticos (hiperactividad, depresión, ansiedades, inadaptación, etc.) y entonces los padres vacíos, confusos y angustiados, llevan al hijo/a a un psicólogo conductista -es decir, reeducador del comportamiento- o, peor aún, a un psiquiatra. Y se preguntan: "¿qué hemos hecho mal?"
Es la paradoja del amor parental, tan simple y, a la vez, tan complejo: no basta con cuidar o educar a los niños, sino que es igualmente indispensable compartir con ellos la afectividad, la ternura, los sentimientos. Una educación sin afectos puede ser tan nociva como una afectividad sin educación (negligente). Los niños no necesitan guardianes, enfermeras, preceptores o guardaespaldas "por horas", sino -idealmente- padres sanos, lúcidos y cariñosos a tiempo completo. Cuanto más nos alejamos de este ideal, más los empujamos a la desdicha.

¿Duermes mal?

Pues aquí van  algunos consejos para ayudarte a cuidar del descanso y confort que  necesitas;

  • Manténgase activo, no duerma durante el día. Por la mañana no permanezca en la cama si no puede dormir.
  • Un baño de agua caliente también ayuda a dormir.
  • La cama es para dormir, no para leer, ver la tele, jugar,etc... 
  • Haga ejercicio diariamente por la mañana. No practique ejercicio justo antes de acostarse ya que esto activara el cuerpo y le resultara más difícil conciliar el sueño.
  • Evite tomar cafeína o solo hágalo por la mañana y en cantidades limitadas.
  • Cuando pueda tome sol durante el día en horarios apropiados, o salga a caminar durante las horas de luz solar.
  • Evite comidas copiosas por la noche, pero tampoco se acueste con hambre. Un vaso de leche tibia puede ayudar a conciliar el sueño.
  • Intente acostarse y levantarse siempre a la misma hora. Si forma un hábito le ayudará a dormir bien. Si no tiene sueño no se acueste ni intente dormir.
  • Intente dejar de fumar, al principio el sueño empeora porque se sentirá excitado, pasado ese periodo el sueño mejorará junto con el estado general de su cuerpo.
  • Para dormir bien no beba alcohol, al menos cuatro horas antes de acostarse. La ingesta excesiva de alcohol aunque produce somnolencia, es causa frecuente de despertares nocturnos.
  • Mantenga la habitación en condiciones óptimas para dormir, es decir sin ruidos, una temperatura cercana a los 20º, sin exceso de luz, etc.
  • Quédese en el dormitorio solo cuando esté dispuesto a dormir, no lo use para otras actividades.
  • Al menos dos horas antes de acostarse distráigase en la forma que prefiera de las preocupaciones del día.
  • Genere una rutina antes de irse a la cama como cepillar los dientes, lavarse,.... Un baño rápido y caliente antes de acostarse le ayudará a relajarse.
  • Ajustes los horarios de sus medicinas que desencadenan actividad, como micción, o contengan cafeína lo más temprano posible.
  • Procure vaciar la vejiga antes de acostarse.
  • Al prepararse para acostarse practique una actividad que le relaje como escuchar música suave o cepillarse el pelo. En la cama puede leer por unos minutos, textos sencillos y relajantes, nunca noticias, novelas de suspenso o tramas que requieran su atención y concentración.
  • Si alguna vez utiliza pastillas para dormir, no extienda su uso en el tiempo. Si se prolonga por alguna razón, descanse alguno de los días de cada semana.
  • Acostarse con prendas cómodas que no le molesten ni aprieten, le ayudaran a dormir bien.

viernes, 31 de agosto de 2012

10 CLAVES PARA EDUCAR A TU HIJO

10 claves para educar a tu hijo



Foto de 10 claves para educar a tu hijo
Educar es una de las tareas más difíciles a las que nos enfrentamos los padres. Y, aunque no existen fórmulas mágicas, sí hay algunas cuestiones clave que tenemos que manejar con soltura. Nunca es pronto para comenzar a educarle. Estas son las reglas básicas para conseguir que tu hijo crezca feliz.
1. Un ejemplo vale más que mil sermones
  • Desde muy pequeños los niños tienden a imitar todas nuestras conductas, buenas y malas.
  • Podemos aprovechar las costumbres cotidianas -como saludar, comportarnos en la mesa, respetar las normas al conducir- para que adquieran hábitos correctos y, poco a poco, tomen responsabilidades.
  • De nada sirve sermonearle siempre con la misma historia si sus padres no hacen lo que le piden.
2. Comunicación, diálogo, comprensión.
  • Las palabras, los gestos, las miradas y las expresiones que utilizamos nos sirven para conocernos mejor y expresar todo aquello que sentimos. Por eso, incluso durante el embarazo, hay que hablar al bebé.
  • Debemos continuar siempre con la comunicación. Hablarle mucho, sin prisas, contarle cuentos y también dejar que él sea quien nos los cuente.
  • ¿Has probado a hacerle una pregunta que empiece con «Qué piensas tú sobre...»? Así le demostramos que nos interesa su opinión y él se sentirá querido y escuchado.
3. Límites y disciplina, sin amenazas
  • Hay que enseñarle a separar los sentimientos de la acción. Las normas deben ser claras y coherentes e ir acompañadas de explicaciones lógicas.
  • Tienen que saber lo que ocurre si no hace lo que le pedimos. Por ejemplo, debemos dejarle claro que después de jugar tiene que recoger sus juguetes.
  • Es importante que el niño -y también nosotros- comprenda que sus sentimientos no son el problema, pero sí las malas conductas. Y ante ellas siempre hay que fijar límites, porque hay zonas negociables y otras que no lo son. Si se niega a ir al colegio, tenemos que reconocerle lo molesto que es a veces madrugar y decirle que nosotros también lo hacemos.
4. Dejarle experimentar aunque se equivoque
  • La mejor manera para que los niños exploren el mundo es permitirles que ellos mismos experimenten las cosas. Y si se equivocan, nosotros tenemos que estar ahí para cuidar de ellos física y emocionalmente, pero con límites.
  • La sobreprotección a veces nos protege a los padres de ciertos miedos, pero no a nuestro hijo. Si cada vez que se cae o se da un golpe, por pequeño que sea, corremos alarmados a auxiliarle, estaremos animándole a la queja y acostumbrándole al consuelo continuo. Tenemos que dejarles correr riesgos.
5. No comparar ni descalificar
  • Hay que eliminar frases como «aprende de tu hermano», «¿Cuándo vas a llegar a ser tan responsable como tu prima?» o «eres tan quejica como ese niño del parque».
  • No conviene generalizar y debemos prescindir de expresiones como «siempre estás pegando a tu hermana» o «nunca haces caso».
  • Seguro que hace muchas cosas bien, aunque últimamente se esté comportando como un verdadero «trasto». Cada niño es único, no todos actúan al mismo ritmo y de la misma manera.
  • Frases como «tú puedes nadar igual de bien que tu hermano, inténtalo. Ya lo verás» transforman su malestar en una sonrisa y le animan a conseguir sus metas.
6. Compartir nuestras experiencias con otros padres
  • Puede sernos muy útil. Así, vivir una etapa de rebeldía de nuestro hijo, algo muy frecuente a determinadas edades, puede dejar de ser una fuente de angustia tremenda y convertirse, simplemente, en una fase dura pero pasajera. Frases como «no te preocupes, a mi hijo le ocurría lo mismo», pueden ayudarnos a relativizar los «problemas» y, por tanto, conseguir que nos sintamos mejor y actuemos más tranquilos.
  • Si estamos desorientados, preocupados o no sabemos cómo actuar, siempre podemos consultarlo con un profesional. No tenemos nada que perder.
7. Hay que reconocer nuestras equivocaciones
  • Tenemos derecho a equivocarnos y eso no significa que seamos malos padres. Lo importante es reconocer los errores y utilizarlos como fuente de aprendizaje.
  • Una frase sencilla como «perdona cariño, refuerza su buen comportamiento y nos ayuda a sentirnos bien.
8. Reforzar las cosas buenas
  • Está comprobado que los refuerzos positivos gestos de cariño, estímulos, recompensas resultan más eficaces a la hora de educar que los castigos. Por eso siempre debemos darle apoyo afectivo y dejar que sea él el que, según su capacidad, resuelva los problemas.
  • Los niños son muy sensibles y los calificativos como «tonto» o «malo» les hacen mucho daño y pueden afectar de modo negativo a la valoración que tienen de ellos mismos.
  • Debemos ser generosos con todo aquello que les hace sentirse valiosos y queridos. Si le premiamos con caricias, abrazos o palabras como «guapo» o «listo», estamos construyendo una buena autoestima.
  • Tan importante como rectificar sus malas conductas es reconocer y reforzar las buenas.
9. No hay que pretender ser sus amigos
  • Aunque siempre conviene fomentar un clima de cercanía y confianza, eso no significa que debamos ser sus mejores amigos.
  • Mientras que entre los niños el trato es de igual a igual, nosotros, como padres y educadores, estamos situados en un escalón superior. Desde allí les ofrecemos nuestros cuidados, experiencia, protección? pero también nuestras normas.
  • Buscar su aprobación continua para todo puede ser un arma de doble filo, ya que la amistad también es admiración y confianza y le resultará muy difícil confiar en nosotros si no sabemos imponernos.
  • Un buen padre no es aquel que cede de modo continuo y no enseña.
10. Ellos también tienen emociones
  • A veces pensamos que solo nosotros nos sentimos contrariados y que los niños tienen que estar todo el día felices. Pero también tienen preocupaciones.
  • Su mundo emocional es igual o más complejo que el nuestro, por eso conviene dar importancia a sus emociones y ser conscientes de ellas. Debemos ayudar a nuestro hijo a poner nombre y apellido a lo que experimenta y siente.
Autora: Nuria Corredor.

SOBRE LA ANSIEDAD

Guía practica sobre la ansiedad

Foto de Guía practica sobre la ansiedad ¿Qué es la ansiedad?
La ansiedad es parte normal de la vida y constituye una respuesta habitual a situaciones cotidianas de la persona. Ante una señal o amenaza de peligro, se produce una reacción que nos ayuda a enfrentarnos y responder. Así, cierto grado de ansiedad es incluso deseable para el manejo normal de las exigenciasdel día a día (preparar un examen, ir a una entrevista de trabajo, tener que hablar en público, etc.).
La ansiedad es una emoción, que se acompaña de reacciones corporalestales como la tensión muscular, la sudoración, el temblor, la respiración agitada,el dolor de cabeza, de pecho o de espalda, las palpitaciones, los “nudos en el estómago”, la diarrea y otras muchas más.
Cuando se sobrepasa una intensidad que la hace intolerable o cuando difi culta la capacidad de adaptarse de la persona, la ansiedad puede afectar a la vida cotidiana y puede convertirse en un problema.
Si usted es una de las muchas personas que tienen problemas de ansiedad,anímese, con una atención adecuada se puede superar. Si usted no puede hacer que la ansiedad desaparezca totalmente de su vida, sí puede aprender a controlarla.
“Me encuentro mal, no se qué me pasa, noto mareo, dolor de cabeza, cosquilleo en el estómago, palpitaciones… Además tengo tantas cosas que hacer que no sé por dónde empezar, me bloqueo, no tengo la mente clara… estoy paralizada.”
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¿Cómo saber si te estás volviendo adicto a las compras?

Foto de ¿Cómo saber si te estás volviendo adicto a las compras? No despilfarres el dinero en lo que no necesitas. Si lo haces, pon atención, es un trastorno compulsivo, busca ayuda.
Aunque las compras nos gustan a todos, debemos mantener un límite para no caer en la adicción por ellas. Un punto de importancia es conocer la diferencia que existe entre un coleccionista y un comprador compulsivo “mientras el coleccionista siente satisfacción a la vista de los objetos adquiridos, a los segundos esta presencia les inquieta. El comprador solo siente culpabilidad y remordimiento ante los objetos inútiles” según el libro Las Nuevas Adicciones de Jean Ades y Michel Lejoyeux.
Debes tener sumo cuidado en no convertirte en un comprador compulsivo, porque esto te puede desencadenar una serie de problemas de los cuales saldrá no solo afectado tu bolsillo sino también tus emociones padeciendo trastornos de ansiedad y depresión.
En el afán de adquirir objetos se puede ocultar un dolor interno que no ha sido expresado en su momento, a veces muy antiguo y otras no tanto, por eso es que “las compras llenan un vacío” comenta Judith García, psicóloga del Teléfono de la Esperanza de San Pedro Sula. Una carencia afectiva, un complejo de inferioridad o una necesidad no satisfecha son los sentimientos que se pretenden desaparecerse realizando compras.
Perfil del comprador compulsivo
La baja autoestima, falta de autocontrol, inseguridad o sensación de soledad son las principales causas de esta manía. Y aunque no se tenga dinero, las personas que padecen de este mal compran a crédito, usan la tarjeta, se endeudan, piden prestado y siempre gastan más de lo que pueden.
Muchas veces este tipo de personas no viven el presente, sino el futuro, piensan que aprovechan las oportunidades adquiriendo productos a precios bajos, ofertas o ahorrando tiempo, de esta manera van acumulando cosas innecesarias, y cuando caen en la realidad sienten culpa por los problemas económicos que irán sufriendo.
Una característica muy clara es el aburrimiento en el que vive un comprador compulsivo, quien trata de cambiar su estado de ánimo incrementando sus pertenencias.
Consecuencias y recomendaciones
Los adictos a las compras están inmersos en un mundo irreal, pues olvidan las consecuencias de su acción. No les importa sacrificar sus necesidades básicas y mucho menos las de las demás. Esto provoca situaciones de enfrentamiento con familiares, deudas, ruina económica. Admitir el problema supone un gran paso y aunque es difícil superar la adicción no quiere decir que sea imposible.
Para poder mejorar tu problema con el despilfarro de dinero, trata de hacer un presupuesto y una lista al realizar tus compras así evitarás la tentación de comprar todo lo que ves enfrente. Si se te hace muy difícil hacer esto deberás acudir a un psicólogo que le ayude a mejorar la conducta.
¿Adicción a las compras?
Cuando sientes un placer desmedido a la hora de comprar algo nuevo y buscas constantemente ese instante de agrado, debes analizarte para saber si realmente estas cayendo en esta adicción. Si pierdes el control de tus actos y llegas a arrepentirse en muchas ocasiones por haber comprado cosas innecesarias, es señal que estás siendo muy impulsivo en tus compras. Cuando realizas tus compras como una vía de escape para mejorar tu ánimo o cubrir cualquier otra necesidad mental debes prestar atención.
Fuente: Revista Amiga (La Prensa)

jueves, 30 de agosto de 2012

ARTÍCULO RELACIÓN MADRE-HIJA.

Aquí teneis un  Artículo muy interesante sobre las relaciones entre madres e hijas que os puede ser muy útil.Espero que os guste, decidme que opinais y  que temas  os interesan más para poder informaros.Gracias.Podeis consultarme por el blog vuestras dudas o si quereis de forma más privada escribirme a mi correo y os atenderé encantada,un saludo.

Madre e hija
Al envejecer, necesitamos acercanos a ella. Lo haremos según hayamos vivido sus carencias y las nuestras.
Su fragilidad aumenta con el tiempo y llega un momento en que necesita cuidados. Depende de cómo haya sido nuestra relación con ella, y de sus características personales, que vivamos esa tarea como algo que enriquece o como una obligación desagradable.

Se acercaba el Día de la Madre e Inés había comprado para la suya una novela titulada “Mamá”, donde se narra la historia de una aldea asturiana en tiempos de la posguerra, el lugar en el que su madre había pasado su infancia. Pertenecía a una generación que había sobrevivido a desastres que la habían fortalecido. Inés había llorado leyendo la novela y comprendió gracias a ella algunas características de su madre.

Le gustaba cuidar de ella, aunque tenía que hacerlo sin que la mujer se diera cuenta
. Cuando la acompañaba al médico, siempre le decía que no hacía falta, le parecía que le quitaba tiempo a sus hijas, no sabía pedir ayuda. Sin embargo, después agradecía que se la protegiera. Inés se preguntaba hasta qué punto le había costado ver a su madre como a una mujer con necesidades.

Una deuda feliz.


Había tardado en verla así, pero ahora estaba contenta porque lo cierto es que disfrutaba ayudándola.  En cierta forma sentía que le devolvía algo y que recuperaba también lo que no pudo tener de niña con ella. Inés había vivido en su infancia muy lejos de su madre, algo que durante tiempo le reprochó, ahora podía acercarse a ella dándole lo que le hubiera gustado recibir. La había perdonado. Algo nos duele cuando no hemos hecho las paces con nuestra madre. Si no nos llevamos bien con ella, tampoco estamos a gusto con lo que nos rodea. No es extraño percibir una queja permanente sobre el mundo en aquel que no ha logrado aceptar a su madre como es ni sus debilidades.

No reconocer esas carencias significa permanecer en una posición infantil, manteniéndola a ella en una posición todopoderosa. Herederas. Aceptar nuestra fragilidad es lo que nos hace estar a gusto con nuestro sexo. La construcción de nuestra identidad se levanta poco a poco. Siempre seremos las herederas del amor que nuestra madre nos tuvo, pero esa herencia implica la responsabilidad de transformar aquello en lo que ella tuvo dificultades.

Cuando ella envejece, según hayamos vivido nuestras propias carencias y las suyas, tendremos más recursos para ayudarla como necesita, algo que nos hace sentirnos mejor con nosotras mismas, ya que también necesitamos acercarnos a ella en esta etapa. Mientras rechacemos a nuestra madre por sus dificultades o sus fracasos, por su enfermedad o su vejez, es evidente que, lejos de aceptarla como es, seguimos insistiendo en que debería ser como a nosotras nos gustaría que fuese. No aceptar la imposibilidad de que este deseo se cumpla nos mantiene atadas patológicamente a ella. La proyección de estos sentimientos lleva a pensar que es esa mujer la que no nos quiere como somos nosotros.

Mientras tengamos hacia ella quejas o reproches sin resolver, nos sentiremos también culpables de nuestras propias emociones. Entonces, la incomodidad está garantizada dentro de la relación y su cuidado, que podría enriquecernos a ambas, se convierte en una tarea muy difícil de sostener.
 
                                            Extraido de MUJERHOY - de Isabel Menéndez