sábado, 18 de octubre de 2014

El miedo a la intimidad   

El miedo a la intimidad Teresa Gallego
                            
Resumen: El miedo a la intimidad se relaciona directamente con la incapacidad para expresar sentimientos, pero sobre todo con el miedo a perder el control de nuestra independencia.

 

 

 
Intimidad, significa ponernos en contacto con los sentimientos de otra persona, acercarnos al otro. Pero esta cercanía requiere un equilibrio, necesita a su vez cierta distancia, el mantenimiento de la propia individualidad, el “ser yo” además de “nosotros”.
Muchas personas no son capaces de hacer esta diferenciación y la pareja se fusiona, sufriendo porque no pueden tolerar la separación, la privacidad, generando una dependencia emocional, que desgasta la pareja y que puede generar problemas como ansiedad, depresión, desvalorización, miedos, celos, etc.
En la intimidad se admite a la otra persona como independiente y se comparten aspectos propios y comunes, se trata de formar un equipo en el que cada uno tiene su mundo y a la vez, un universo común.
Estos límites son fundamentales: mantener el espacio personal, los ratos para uno mismo, el cuarto o espacio propio para leer o descansar;  los intereses individuales, como actividades, deportes o amigos diferentes; conocer los deseos de uno mismo, qué quiere hacer, las expectativas respecto a si mismo y a la pareja, etc.
A su vez conocer al otro, implica poder enriquecer la relación, como por ejemplo, haciendo una pequeña sorpresa que le haga entender a la pareja que conocemos sus aficiones, aunque nos las compartamos, ya que eso muestra interés y aumenta la autoestima; o aprovechar la independencia para disfrutar de las ocasiones en las que las actividades se hacen en común: organizando un viaje, una excursión, una cena.

El miedo a la intimidad y a la comunicación de sentimientos

 
Sin embargo, lograr la intimidad como un paso más allá de la individualidad, es decir el compartir, puede también generar miedos, porque pensamos que perdemos el control de nuestra independencia o porque pensamos que al abrirnos, nos van a hacer daño:
  • miedo a exponerse, a descubrirse, a que conozcan tus puntos débiles
  • miedo al abandono, al sentirse rechazado,.
  • miedo a la pérdida de control, a la responsabilidad
  • miedo a los impulsos y a la valoración por parte del otro, a las críticas
  • miedo a ser absorbido, a perder nuestra independencia
Cuando además de temores en relación con la intimidad, mantenemos también poca comunicación, la pareja queda a expensas de los sobreentendidos: “él ya tendría que saber lo que me gusta” “si ya sabe que la quiero”; de la esperanza a que algo cambie y a las dudas constantes.
Comunicarse es fundamental, pero no es sencillo, y menos cuando  debemos de comunicar sentimientos: nos sentimos vulnerables, nos parece ilógico tener que exponerlo, nos da miedo la respuesta, los cambios… debemos primero entender qué sentimos y porqué lo sentimos para poder expresarlo y escuchar a las emociones no es una tarea tan habitual.

¿Cómo mejorar?

R. Sherman, (1991) nos muestra un sencillo ejercicio llevado a cabo en terapia, para quienes tienen miedo de expresar sus dudas y sentimientos, preguntar a la pareja: ¿Cómo sabría que la otra persona está enamorada de usted? ¿Qué tiene que hacer para demostrárselo? ¿Qué conductas en el día a día se lo muestra?. De esta forma el lenguaje claro facilita el entendimiento entre los miembros y pueden contrastar y hablar sobre sus diferentes respuestas, además de compartir sus experiencias emocionales. A veces cuestiones sencillas relacionadas con las expectativas y los deseos, abren puertas a la comunicación y facilita el reajuste de la pareja.
En muchas ocasiones, es necesario mejorar la expresión de sentimientos y centrar los mensajes en  mensajes yo: “cómo me siento cuando haces algo” en lugar de  mensajes tu: “lo que has hecho y cómo me has hecho sentir”.
Escuchar de forma activa, cuántas veces hemos oído “es que no me escuchas”, que requiere atender a lo que el otro le está contando, asentir con movimientos, repetir lo que el otro dice para saber si le está entendiendo y por último si ya no hay más que contar, sugerir apoyo o solución, pero nunca solucionar como primera opción.
Así mismo debemos de ser conscientes de que no expresamos los sentimientos negativos para castigar, si no para poder cambiar y mejorar y que todo intento de solución es positivo y debemos de perder el miedo a las emociones porque son una guía que nos dice qué camino escoger, tenemos que escucharlas y compartirlas para poder mantener una satisfactoria relación de pareja.

martes, 14 de octubre de 2014

Dejar atrás el pasado: Cinco estrategias útiles   
Dejar atrás el pasado: Cinco estrategias útiles Sandra Bernal Mora
                                    

Resumen: Focalizar la atención en el pasado no parece un modo adaptativo de afrontar el día a día. Este artículo muestra algunas estrategias útiles para dejarlo atrás.

 


 

 
El pasado es algo que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. El lugar del que venimos actúa como una base para conformar quiénes somos, cómo actuamos y cómo pensamos acerca del mundo que nos rodea. Influye no sólo en nuestra perspectiva de vida, sino en muchas más cosas que ahora mismo ni siquiera imaginamos, como las sensaciones y emociones que tenemos ante algo o alguien que no conocemos y del que no tenemos información.
Todas las personas podrán recordar momentos buenos y malos de su trayectoria vital. Sin embargo, existe gente que parece tener una increíble facilidad para estar todo el día reviviendo su pasado. Pasar el día recordando aquello que sucedió antaño (tanto si es malo o bueno) no es precisamente la mejor opción para seguir con nuestras vidas, sino todo lo contrario. Nos mantiene estáticos, nos impide movilizar nuestra energía para realizar nuevos proyectos o, simplemente, disfrutar del día en que nos encontramos.
El problema surge cuando nuestro pasado no nos deja continuar hacia adelante con nuestra vida. Los recuerdos sobre aquello que fue o no fue vuelven a nuestra cabeza una y otra vez, haciendo interferencia con el momento actual en que nos encontramos, impidiéndonos disfrutar del instante que vivimos. Es en este punto cuando debemos tomar conciencia de que el pasado ya pasó (valga la redundancia) y que es en el presente donde nos encontramos.
Recordar aquello tan terrible que nos sucedió, lo mal que se portaron con nosotros, etc. trae de vuelta a nuestra cabeza aquellas emociones de malestar, culpa, vergüenza, rencor… que nos vuelven a hacer daño de nuevo una y otra vez, ¿nada productivo, verdad? Estas personas que se focalizan demasiado en el pasado, corren el peligro de caer sumidos en una gran tristeza o depresión, presas de sus desgracias e inmóviles ante un presente-futuro nada prometedor, ya que esto nos puede llevar a pensar que nuestra vida está destinada a la desdicha.
Es importante saber que para superar el pasado, en primer lugar debemos asumir que no va a cambiar, que debemos aceptar las cosas tal como fueron y dejarlo estar. Resulta fácil decirlo, sí, pero pasar página es imprescindible. Para ello, algunas de las cosas que debemos intentar hacer son:

1. Alza la vista hacia el mundo que te rodea.

 
Párate a pensar en cuánto tiempo al día dedicas a pensar en tus problemas. Si crees que es demasiado, cabe la posibilidad de que estés muy centrado en ti mismo y, por tanto, olvidándote del mundo que te rodea. Séneca dijo “hay más cosas que nos asustan que cosas que nos hieran verdaderamente, y sufrimos más en la imaginación que en la realidad. ¿Se aplica esto a tu vida? Si es así, reflexiona sobre ello porque quizás estés haciendo trabajar a tus neuronas en tu propia contra. Levantar la vista de tu ombligo para pasar a mirar el sitio en el que estás y la gente que te rodea puede ser un buen primer paso para seguir hacia adelante.

2. Olvida a aquellos que te hicieron daño.

Como ya se ha dicho, vivir rememorando aquello que tanto nos hizo sufrir impide que se cierren esas heridas. Y, que quede claro, guardar resentimiento hacia esa persona (e incluso mostrárselo abiertamente) muchas veces no va a conseguir que el otro se sienta peor sino que somos nosotros los que más nos anclamos en aquello que sucedió.
Nos estancamos pensando en qué le podríamos decir o hacer para hacerle “pagar” aquello que nos hizo y, de esta forma, seguimos frustrándonos y reviviendo nuestro dolor con esos recuerdos. Debemos asumir que somos nosotros mismos los que más nos perjudicamos al no apartar de nuestra mente a aquellas personas que se portaron mal con nosotros.

3. Perdónate a tí mismo.

Comprender que las cosas que hicimos mal ya no pueden deshacerse. En vez de culparnos a nosotros mismos por haber actuado de una determinada forma y no de otra, sería más productivo buscar por qué hicimos eso. ¿Cuáles fueron los deseos, motivaciones o miedos que nos llevaron a hacer las cosas de ese modo?
Seguramente, si echamos la vista atrás, encontraremos que los motivos por los que en ese momento elegimos esa opción eran los que nos parecieron que mejor solucionaban nuestros problemas en ese momento. Ahora sólo podemos intentar aprender de ello, conocernos a nosotros mismos para no volver a cometer los mismos errores y, por supuesto, mejorar… Hay un proverbio que dice “los errores son oportunidades para crecer como persona”. Aplícalo en tu vida.

4. Encuentra un sentido a tu vida.

Tener objetivos y metas en la vida nos permite afrontar los malos momentos. Saber que hay algo por lo que merecerá la pena seguir, nos da aliento para soportar las adversidades puesto que sabemos que cuando éstas terminen, podremos hacer aquello que anhelamos.
Si en este momento no tienes ningún deseo o meta a la vista, quizás estés dejando muchas posibles opciones fuera de tu cabeza. Si no se te ocurre nada, una de las cosas que pueden dar sentido a tu vida puede ser trabajar como voluntario ayudando a otras personas o luchar por una causa que creas justa. Realizar nuevos proyectos o ayudar a los demás pueden ser algunas de las cosas que pueden aportar sentido a nuestra vida. Sabrás que es algo que te aporta bienestar cuando decidas dedicar parte de tu tiempo a hacer eso por el mero placer de hacerlo.

5. Volver a empezar.

A lo largo de nuestra vida, podemos encontrarnos en situaciones que se nos exijan tener que volver a empezar desde cero. A pesar de que en un primer momento veamos todo negro, debemos pensar que eso no es así. Que nosotros no veamos las diferentes alternativas que tenemos no significa que éstas no existan o que no vendrán en un futuro.
¿Cuántas veces has tratado de imaginarte cómo sería esto o lo otro y luego no se ha parecido en nada a lo que esperabas? Eso es porque te estabas basando en tus creencias para deducir cómo serán las cosas en vez de en hechos objetivos. Saber cómo va a salir algo que aún no ha ocurrido es tremendamente difícil si no conocemos las circunstancias que nos acompañarán.
Sin embargo, esto no quiere decir que no podamos ser dueños de nuestro destino. Una forma de tomar las riendas de tu vida puede empezar por marcarte pequeños objetivos a corto plazo (con fecha meta incluida y marcada en un calendario) que te lleven poco a poco hacia aquello que deseas.
Lo más importante hacer, si te quedas mirando al pasado estarás paralizado, dale la espalda y camina hacia el futuro.